Villa de Portugalete

Personajes Ilustres 

UZQUIANO, GREGORIO

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UZQUIANO, GREGORIO
Benefactor de la Siervas de María

1853 - 1914

La vida de alguna de esta gente fue una vida normal, anadina, corriente, y solamente una determinada acción les hizo merecedores a una calle en la Villa.

GREGORIO UZQUIANO era hijo de Juan Uzquiano, natural de Santurce y de la bilbaína Josefa Lautier, y vino al mundo en Portugalete en 1.853.

Por las pocas noticias existentes de él y de su familia, tenemos que suponer que al igual que muchos vascos del siglo pasado, se embarcó rumbo a América en busca de fortuna.

Desconocemos cómo vivió y cómo hizo su fortuna, al parecer en Argentina donde se casó con una nativa de la ciudad de Santo Tomé, pero imaginamos que sería igual que tantos indianos de aquella época, con laboriosidad, trabajo y grandes dotes de iniciativa e ingenio.

Como buen portugalujo, quiso pasar los ultimos años de su vida en el solar que le vio nacer, y se vino sólo a la Villa, ya que era viudo, pero con una buena fortuna que le permitió elegir el Hotel como residencia. En éste, que en aquellos años de principios de siglo estaba en su máximo esplendor, pasó sus últimos años dedicado a una vida sencilla y apacible.

En estos años tuvo la compañía espiritual y material de las monjas de las Siervas de María, quienes le atendieron solicitamente en sus achaques y enfermedades.

A su muerte en enero de 1.914, a los 72 años, como persona agradecida a las atenciones recibidas, les incluyó en su testamento.

Estas religiosas, que el año anterior habían colocado la primera piedra de su convento, pudieron continuar las obras gracias a que les donó la mitad de su fortuna, dedicando la otra mitad al Asilo-Hospital.

El Ayuntamiento por este gesto, puso su nombre a la calle de El Ojillo, a la que después de los años transcurridos se le sigue conociendo con ese nombre antiguo y entrañable, y desde estas páginas recogemos el deseo popular de que le sea oficialmente devuelto.

Y también, como desahogo sentimental, quiero aprovechar lo que queda de esta página para recordar a esta calle de mi infancia y juventud. Una calle entonces con industrias tan importantes como las panaderías de Menés y de Palacios o los talleres de Pradas, situados junto a la famosa morera de Rastrilla, sin olvidar las dos fábricas de gaseosas de Sirimiri y Berriatua (sus dueños fueron muy populares) pioneros en la fabricación de gaseosas y limonadas. También estaban los Aroma, contratistas de obras, que en su finca situada en lo que hoy es la calle Gipuzkoa, depositaban los materiales de construcción.

Junto a esta finca estaba la de Palacios, que daba al callejón que a través de huertas acababa en el lavadero de las monjas, y después del convento de éstas, empezaba la gran finca de Goitia (luego Egusquiaguirre) con su palacio solariego y sus frondosos árboles. Enfrente de ésta se extendia la campa de San Roque en la que se construyó el campo de deportes y que obligó a edificar la ermita del santo al final de la calle.

También me vienen a la memoria la clínica de Jorge Savin o las carbonerías de José y Herminio. Y de tipos populares, si en el número 1 vivía el veterano tamborilero Benito Ocariz y su yerno Laureano, hombre de clavel rojo, fiel cumplidor del Ayuntamiento, más arriba estaba Mariano del Pozo, hombre bueno, siempre con la bata blanca de su droguería, y Galeana, bombero, enterrador y limpiachimeneas, que el día de San Roque nos despertaba a todos con sus cohetes.

Finalmente cierro mis recuerdos con la fuente que existía hacia la mitad de la calle, y un banco de hormigón donde por San Roquillo se colocaba el tablado musical. Y el estribillo que de crios repetimos tantas voces:

A la entrada del Ojillo lo primero que se ve es el cacharro de Sirimiri con las ruedas al revés.

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